Uno tiene la sensación de que el té va a salvar a la chacra misionera, porque todo el mundo toma té. De un tiempo a esta parte, se ha dado una “revolución de sommeliers”. Y cómo hacer para impulsarlo que salte en cantidad de volumen? Qué hay detrás de toda la industria que no vemos? Qué hay dentro del área metal-mecánica? Cómo estamos preparados?

– De lo que no vemos, es una industria que exporta 80 mil toneladas por año, que genera un ingreso de 100 millones de dólares por año, qué somos el mayor exportador a Estados Unidos -que es un país gran consumidor de té y nosotros somos quienes más le exporta-.

En lo que es el mercado del té, los clientes son exigentes en cuestiones de calidad y sustentabilidad. Entonces se va exigiendo que el té sea certificado. En Misiones se inició un camino de certificación de las plantaciones desde hace un par de años y hoy tenemos el 40% de las plantaciones en Misiones certificadas.

Ésto es muy importante porque para poder certificar tenés que demostrar qué tenés buenas prácticas, no sólo ambientales sino que son sellos ambientales y sociales. Hay que demostrar qué tenés cumplimiento con la ley, que cumplís la normativa relacionada al trabajo, al trabajo no forzoso, a las remuneraciones. Estos sellos de sustentabilidad social y ambiental de reconocimiento internacional son los que hacen que podamos ingresar a mercados más exigentes. Entonces no es menor el tema de la certificación.

Quiero destacar que acá tenemos pequeños grupos de productores que certifican. Éso es muy importante porque significa que no es imposible para un pequeño productor certificar. Son grupos que se juntan con un asesor técnico y pueden implementar estas normas. Éso además de generarles un plus en el precio de venta, le genera una herramienta de comercialización.

Siempre está por un lado el industrial y por otro el productor. El productor qué tiene su certificación independiente puede negociar con la industria. Estuvimos con el grupo de Picada Africana que tiene 350 hectáreas de té certificadas, son independientes, tienen un asesor técnico. Entonces ellos dicen: “bueno yo tengo mi té certificado, vale 40 centavos más”. Y lo que está bueno en estos sistemas de certificación es que después vos tenés una cadena de custodia del producto certificado hasta que llega al consumidor. Entonces el productor le tiene que entregar al secadero su certificado. “Entonces bueno yo te entrego mi certificado y vos pagame en tiempo y forma como tiene que ser”. Ésto se transforma en una herramienta para el productor tener, su propia certificación. Una herramienta comercial y de sostenibilidad.

Tenemos por un lado el impulso de la certificación, qué tiene que ir creciendo, que los productores tienen que ir incorporandose a ese esquema, que es una de las líneas de trabajo nuestras: con formación de grupos que quieran certificar, con técnicos del (Ministerio del) Agro que están especializados y capacitados para implementar esas normas. Y por otro lado la industria metal-mecánica que se ha ido desarrollando de la mano con el cultivo del té. Por suerte pudimos entrevistar a Jorge Lory, él nos contó todos sus procesos de desarrollo de las máquinas y exportación de maquinaria a otros países como Ecuador y Kenia y que eso es para destacar. Todo lo que genera como economía regional tanto para el agro como para la industria misionera. Es una cadena que hay que destacar, que hay que visibilizar.

– Uno a veces supone que el mundo más tarde o más temprano va a terminar mecanizando la cosecha. Porque muchos años, uno se pregunta: “cómo es que el té de las 5 de la tarde británico, sigue disfrutando su english breakfast tan duro, con té de Kenia?” Con cosecha manual y muy artesanal y con alguna gurisadita metida entre los tesales.

Entonces uno dice “hay certificaciones y certificaciones”. Hay baja tolerancia al alcaloide para algunas cosas, pero por otro lado hay una vista gorda para ver el origen. En cambio Misiones se puede decir “acá con la cosecha mecanizada trabajo infantil no hay. Y además hay un trabajo incipiente de muchísima cooperación entre productores de pequeñísima escala”. También nos gusta decir qué son “grandes productores de pequeña escala” y no “pequeños productores” porque la verdad es que hacen un montón en poquito espacio.
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